domingo, 14 de diciembre de 2014

La casa del Alto de Enate

Capítulo 1 El secreto de Antonio Seoane
Por fin el niño dejó de llorar. Se quedó quieto. Tenía los ojos muy abiertos, con una mirada vítrea que ya no se fijaba en él. Mientras recuperaba la respiración, Antonio dejó de apretar su garganta. Sus manos se separaron de su cuello.
Los dedos habían quedado marcados en aquel pequeño cuello, con forma de hematomas de un color violáceo oscuro. Antonio iba poco a poco recobrando la consciencia.
Sacó su pene del ano de aquel pequeño y vio que estaba manchado de semen y sangre. Lo había destrozado al violarlo. Había llegado al orgasmo en el mismo momento en el que el niño dejaba de respirar.
Si no hubiera gritado, si no hubiera pataleado e intentado defenderse no hubiera sido necesario matarlo. Pero si había algo que no podía soportar era el hecho de que mientras estaba llegando al orgasmo le distrajeran, le rompieran su éxtasis.
Se separó de aquel cuerpo inerte y se acercó a una garrafa de agua. Mojó un pañuelo y se limpió, secándose cuidadosamente antes de subirse el calzoncillo y el pantalón.
Se sentó en una silla y mientras observaba al niño se encendió un cigarro. Antes de acabarlo se acercó al cuerpo inerte y con el cigarro entre los labios lo sacó fuera. En lo que en tiempos fue una huerta se amontonaban viejos montones de cenizas procedentes de la chimenea. En el suelo había dispuesto tres planchas de acero haciendo una U y en medio había amontonado una pira de leña.
En una pared había almacenada mucha madera, que aunque ya estaba vieja, aún era un poderoso combustible.
Dejó el cuerpo desnudo del niño al lado de la pira y entró a por sus ropas y una garrafa de gasolina que había comprado el día anterior. Puso las ropas sobre la pira de leña y vertió media garrafa sobre ella.
Puso al pequeño encima y vertió el resto de la gasolina sobre él. Y encendió la hoguera. La llamarada le hizo separarse un poco, y se quedó mirando el fuego hipnotizado por las llamas mientras se encendía otro cigarrillo. Observó cómo el cuerpo se quemaba, cómo se ennegrecía, cómo aparecían burbujas en su piel, cómo se retorcía al hincharse su vientre por el calor.
Y poco a poco el cuerpo se iba consumiendo por las llamas, mientras alimentaba el fuego con más leña. Tardó más de dos horas en carbonizarse por completo. Tan sólo quedaban huesos que al golpearlos con la barra de hierro que usó para azuzar el fuego se pulverizaban reducidos a cenizas.
Con una pala trasladó las cenizas a la huerta y las dispersó entre los montones existentes. Desmontó la estructura de planchas de acero, que se habían deformado por el calor, y cuando estuvo seguro de que no había dejado ningún cabo suelto, cerró la puerta del garaje de aquella vivienda abandonada donde había cometido su crimen y se dispuso a marcharse.
Se metió en su coche y se alejó del lugar. Ya nunca volvería a aquel pueblo, a aquella casa deshabitada. Pronto empezarían a buscar al niño y si volvía alguien se acordaría de él, le reconocería, y no podía correr ese riesgo.
Condujo hasta su casa. Desde aquel pueblo del norte de España le costó casi cuatro horas llegar a Madrid. Aparcó en el garaje y subió a su piso. Se quitó toda la ropa y se duchó. Recordando lo que había pasado se masturbó bajo el agua de la ducha.
Antonio era un hombre solitario. No tenía amigos, no tenía familia. Su trabajo como agente comercial era muy especial. Vendía detergentes industriales a diversas empresas. No necesitaba que le llamaran, no dejaba tarjetas de visita. Calculaba cuándo tenía que volver, cuándo estarían a punto de acabarse las partidas vendidas y entonces se presentaba, como por sorpresa.
Nadie le esperaba, nadie se acordaba de él, pero cuando aparecía sabían quien era y le compraban la partida correspondiente, que llevaba preparada en su coche. Cobraba y se marchaba.
Y en sus viajes de trabajo era cuando daba rienda suelta a su secreto. En bosques solitarios o en los camarotes de bloques de viviendas. Abordaba a los niños a la salida del colegio o cuando salían de sus casas para ir a jugar a los jardines interiores de las comunidades de vecinos.
Al principio sólo los miraba. Les compraba golosinas y se sentaba con ellos a ver como se las comían.
Poco a poco comenzó a tocarlos. Les acariciaba el pelo, la cara, el cuerpo. Un día, a un niño le empezó a tocar el pene. Se reía diciéndole que le hacía cosquillas, pero la risa se transformó en un grito de dolor cuando le introdujo un dedo en el ano.
Aquella vez se asustó y huyó corriendo, dejando al niño sólo en un bosque. No podría arriesgarse a volver a aquel pueblo asturiano so pena de que le reconocieran.
Fue entonces cuando decidió llegar más allá, hasta el final. Se convenció de que sólo sería aquella vez, pero por lo menos una vez en la vida tenía que culminar su deseo. Y para ello eligió aquella pequeña localidad navarra.

Capítulo 2 Los preparativos
Hacía casi dos años que había visitado por última vez la fábrica de fertilizantes. En aquella ocasión no le compraron su detergente, y tuvo que volver con él en el maletero de su coche. Había perdido un cliente importante.
Aparcó su vehículo en un alto cercano, saliéndose de la carretera en un frondoso hayedo. Necesitaba pasear y cogió su cesta y salió a buscar setas.
Había sido un octubre muy cálido después de un septiembre lluvioso y rápidamente llenó su cesta de hongos. Más de tres kilos de boletus, el hongo negro, un manjar que le encantaba.
Y cuando intentaba orientarse para volver al coche dio con una casa cerrada. Estaba rodeada por una alta valla y en la entrada languidecía un cartel de “Se vende”.
Se asomó a la vivienda. El jardín estaba en buen estado, pero se notaba que no había sido cortado el césped desde la primavera. Si aquella casa no se vendía pronto, se echaría a perder.
Al año siguiente, por las mismas fechas, volvió al mismo bosque a por hongos, pero la cosecha no fue tan buena como el año anterior. Se acercó a la vivienda, que seguía en venta. La sensación de abandono era mayor que el año anterior, pero no daba la impresión de que nadie se hubiera colado dentro.
Se subió a un tejadillo y rompió una ventana, entrando en la casa. Por la luz que se colaba por el agujero que había hecho para entrar vio que la vivienda estaba amueblada y que gruesas mantas cubrían los muebles protegiéndolos.
Y cuando se decidió a dar el paso, se acordó de aquella casa. Estaba escondida en el bosque y nadie le molestaría allí. Había un pueblo grande a unos 15 kilómetros, un pueblo en el que los niños acudían a jugar en verano a un gran parque, donde los padres les dejaban despreocupados, y donde sería muy sencillo engatusar a uno de los pequeños.
Se lo llevaría a esa casa y para cuando le echaran en falta él ya estaría lejos, camino de Madrid. Y nadie encontraría el cadáver, ni podrían relacionarle con el crimen.
A media tarde se presentó en el parque y se sentó en una zona apartada. Los niños jugaban a los encierros, dando vueltas corriendo a un jardín que rodeaba a un caserío, corriendo delante de otros que llevaban bicicletas que hacían de toros.
Antonio los observaba discretamente desde un lugar apartado en aquella cálida tarde de principio de septiembre. En pocos días comenzarían las clases y prácticamente todos los niños del pueblo habían vuelto de sus vacaciones.
Uno de los niños, de unos seis años, se detuvo a coger aire, quedándose retrasado. Antonio tendría unos minutos antes de que el resto dieran la vuelta al edificio y volvieran hasta donde se encontraba.
Se acercó y le ofreció agua. Con voz firme le dijo que bebiera, mientras le entregaba un botellín. El niño de acercó y bebió, y aprovechó para invitarle a unos pasteles. Le dijo que se acercara a su coche con él, que le daría algo de comer, que le veía cansado.
Cogiéndole de la mano, mientras le hablaba, se lo llevó al coche. Lo metió en la parte de atrás y le dijo que se tumbara en el suelo, que le iban a gastar una broma a sus amigos, que les serviría de escarmiento por haberle dejado solo.
Y se lo llevó a allí. Condujo hasta la casa abandonada rápidamente y cuando llegó hizo bajarse al niño y de la mano se lo llevó al garaje, donde tenía ya todo preparado.
Había roto la puerta trasera de acceso y había dispuesto un colchón en el suelo donde llevar a cabo la violación. El niño era muy guapo, pero estaba muy asustado. Empezó a pedirle que le llevara con su padre, que quería ver a su papá.
Antonio lo desnudó y comenzó a acariciarlo. Le tocaba el pelo, la espalda, la cara. El niño se encogía, tenía miedo, no sabía qué estaba pasando, qué era lo que quería aquel hombre. Pero Antonio estaba decidido a llevar a cabo por fin su fantasía, a hacer realidad sus deseos reprimidos.
Tenía la esperanza de que a aquel niño le gustara lo que le iba a hacer, y que todo acabara bien, pero lo más seguro era que tuviera que matarlo, y estaba preparado para ello.
Cogió el pene del niño con dos dedos y se lo empezó a agitar. Esperaba que se endureciera, pero aquel pequeño miembro no se excitaba, mientras el niño empezó a llorar, cada vez más asustado.
Antonio estaba muy excitado. Hacía muchísimo tiempo que no mantenía relaciones sexuales con otra persona. Había descubierto muy pronto su homosexualidad, y la aceptó con normalidad.
En el instituto había mantenido relaciones con otros chicos, pero cuando creció se dio cuenta que no le gustaban los hombres de su edad. Los veía sucios. Los cuerpos velludos y grasientos le daban asco. Comprendió que lo que realmente le gustaban no eran los hombres, sino los cuerpos jóvenes, cada vez más jóvenes, niños.
Y aquel niño lloraba de miedo. Sentía el poder absoluto que tenía sobre el pequeño. Aquel dominio le excitaba. Lo había sentido otras veces, un calentón que mezclaba deseo sexual y miedo por el riesgo que corría. Pero era precisamente ese terror a que le descubrieran el que le había impedido hasta entonces satisfacer sus apetitos sexuales.
Pero aquella vez nadie le podría descubrir. Con unas gotas de aceite lubricó el pequeño ano del niño y lo penetró. El dolor que sintió el crío le hizo gritar mientras Antonio le penetraba cada vez más profundamente.
Y para acabar con aquellos gritos, apretó su frágil cuello hasta que lo mató.


Capítulo 3 Un descuido
Durante días se dedicó a ver las noticias en televisión y leer por internet los principales periódicos de Navarra. Pero aparecía poca información sobre el niño desaparecido.
A nivel nacional no escuchó nada en los telediarios, y a nivel local se hablaba de la búsqueda infructuosa de un niño desaparecido en un pueblo del Pirineo. Hubo una reseña que le sorprendió. Al parecer el padre del niño estaba en la cárcel por tráfico de drogas y la policía investigaba un posible secuestro por ajuste de cuentas.
Había tenido una suerte enorme, ya que si las investigaciones se orientaban en ese sentido, era prácticamente seguro que descartarían el crimen pedófilo y nadie podría sospechar de él. Se empezaba a sentir seguro.
Desde que lo hizo lo rememoraba en sus fantasías todos los días, varias veces. Aquello había sido la culminación de su deseo, y no creía que podría superarlo. Le gustaba recrearlo una y otra vez, ya que había sido especial.
Le costaría volverlo a repetir. Había tenido mucha suerte en aquella ocasión y sería muy difícil que las circunstancias le proporcionaran otra oportunidad como la que había tenido.
Pensó que de entonces en adelante ya no necesitaba volver a estar con un niño, ya que no podría volver a sentir lo mismo que en aquella casa, cuando violaba al pequeño.
Pero también era consciente de que el deseo de repetirlo, la necesidad de volver a experimentarlo, tarde o temprano, reaparecería. Pero hasta entonces se conformaría con evocarlo en su imaginación.
Se tomó unos días de descanso, que dedicó a pasear por El Retiro, disfrutando del otoño, viendo a los niños jugar. Madrid, la gran ciudad, era más desconfiada. Las madres no se alejaban de sus hijos, estaban siempre vigilantes. Y existía mucha competencia entre hombres con sus mismos gustos.
Se solía sentar en un banco a observar a los chavales, mientras trataba de descubrir quienes eran sus madres. Una tras otra se delataban, siempre estaban cerca y cada cierto tiempo se hacían notar. De vez en cuando descubría a otro hombre solitario que se dedicaba a observar a los chiquillos. Cuando se encontraba con uno de ellos, huía y abandonaba el lugar. Lo último que deseaba era que hubiera un incidente y encontraran a dos pederastas juntos.
Pero Antonio estaba satisfecho, no necesitaba estar con ningún niño, al menos no aún.
Un día, mientras cocinaba, llamaron al portero automático. Era extraño, ya que no tenía amigos ni familia. Cuando volvieron a llamar, se acercó al telefonillo. Era el cartero, traía un certificado.
Le abrió y esperó a que subiera a su casa. El funcionario de Correos le entregó la carta certificada. Era de Tráfico. En cuanto se fue la abrió y comprobó que era una multa por exceso de velocidad. Había sido en Navarra, en los túneles de Belate. Había pasado a 100 en un 70 y un radar fijo le había cazado.
No se explicaba cómo pudo haber cometido aquel error. Con la multa venía la sanción, el descuento por pronto pago, y el número de puntos del carnet que se le retirarían por la infracción.
Decidió pagarla. No merecía la pena protestarla, ya que la infracción era clara. Estaba muy nervioso. Nadie sabía que había estado allí. Había sido muy cuidadoso, echando gasolina a la altura de Zaragoza, y volviendo a echar a la vuelta, pero ya en Guadalajara, y pagando con billetes, para no dejar huella.
Pero aquella multa le ponía exactamente a escasos 15 kilómetros del lugar donde había cometido su crimen. Esperaba que nadie le relacionara con el asesinato, que nadie investigara y que pudiera de una manera u otra, relacionarle con la desaparición.
Hasta entonces había disfrutado de su triunfo, pero aquella multa le amargó, ya que le devolvió a la realidad del asesinato terrible que había llevado a cabo. Se imaginaba lo que le pasaría si le atrapaban. Era muy difícil, pero no imposible. En la cárcel no serían amables con él.
Aún así, se tranquilizó pensando que nadie podría encontrar jamás los restos del niño, ya que los había carbonizado y reducido completamente a cenizas. Mientras estuviera callado, mientras no hablara, nadie podría saber qué paso. Al fin y al cabo, él era el único testigo de su crimen.
Permaneció varios días encerrado en su casa, sin salir. Pero se dio cuenta que en casa era igual de vulnerable que fuera de ella. Cogió su móvil y lo borró entero. Tenía fotos de niños que había sacado en El Retiro, y llevarlas en el móvil, aunque fueran fotos inocentes, era un riesgo innecesario.
Borró de su ordenador las páginas que tenía localizadas que mostraban fotos de menores, de páginas de moda principalmente, y decidió que durante un tiempo no volvería siquiera a merodear los parques de la ciudad, ni a arriesgarse a secuestrar a ningún niño, ni siquiera para acariciarlo.
Pero lo que no se esperaba es lo que le pasó unos días después. Paseando por la calle un crío se le quedó mirando, y señalándole, gritó.
-          Papá, mira, este es el hombre que me hizo cosquillas en el pito en la casita del tejado.
Inicialmente se quedó quieto, helado. No recordaba al niño, pero éste le señalaba con el dedo, mirándole fijamente. Intentó huir, pero el padre del pequeño le agarró del brazo. Se zafó, pero no pudo avanzar. Un joven que había presenciado la situación le atrapó, tumbándole en el suelo y le retuvo mientras el padre llamaba a la policía.
En unos minutos llegó un coche de la policía municipal. Un agente le esposó y le metieron en el coche patrulla mientras la gente se agolpaba alrededor y le empezaba a insultar a la vez que se corría la voz de que estaban deteniendo a un pederasta.
Fue conducido a comisaría, y llevado al calabozo, donde le dejaron a la espera de ser interrogado. Antonio tenía miedo, podían relacionarle con el crimen de Navarra. El maldito crío le había reconocido, un chaval del que no se acordaba.

Temía que pudiera ser condenado por su crimen. Sabía que si entraba en la cárcel, lo pasaría muy mal. La gente con su problema no era bien vista en penitenciaría, y enseguida el resto de presos se cebaba con ella.

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