Capítulo 1 El
secreto de Antonio Seoane
Por fin el niño dejó de llorar. Se
quedó quieto. Tenía los ojos muy abiertos, con una mirada vítrea que ya no se
fijaba en él. Mientras recuperaba la respiración, Antonio dejó de apretar su
garganta. Sus manos se separaron de su cuello.
Los dedos habían quedado marcados en aquel pequeño cuello,
con forma de hematomas de un color violáceo oscuro. Antonio iba poco a poco
recobrando la consciencia.
Sacó su pene del ano de aquel pequeño y vio que estaba
manchado de semen y sangre. Lo había destrozado al violarlo. Había llegado al
orgasmo en el mismo momento en el que el niño dejaba de respirar.
Si no hubiera gritado, si no hubiera pataleado e
intentado defenderse no hubiera sido necesario matarlo. Pero si había algo que
no podía soportar era el hecho de que mientras estaba llegando al orgasmo le
distrajeran, le rompieran su éxtasis.
Se separó de aquel cuerpo inerte y se acercó a una
garrafa de agua. Mojó un pañuelo y se limpió, secándose cuidadosamente antes de
subirse el calzoncillo y el pantalón.
Se sentó en una silla y mientras observaba al niño se
encendió un cigarro. Antes de acabarlo se acercó al cuerpo inerte y con el
cigarro entre los labios lo sacó fuera. En lo que en tiempos fue una huerta se
amontonaban viejos montones de cenizas procedentes de la chimenea. En el suelo
había dispuesto tres planchas de acero haciendo una U y en medio había
amontonado una pira de leña.
En una pared había almacenada mucha madera, que aunque ya
estaba vieja, aún era un poderoso combustible.
Dejó el cuerpo desnudo del niño al lado de la pira y
entró a por sus ropas y una garrafa de gasolina que había comprado el día
anterior. Puso las ropas sobre la pira de leña y vertió media garrafa sobre
ella.
Puso al pequeño encima y vertió el resto de la gasolina
sobre él. Y encendió la hoguera. La llamarada le hizo separarse un poco, y se
quedó mirando el fuego hipnotizado por las llamas mientras se encendía otro
cigarrillo. Observó cómo el cuerpo se quemaba, cómo se ennegrecía, cómo aparecían
burbujas en su piel, cómo se retorcía al hincharse su vientre por el calor.
Y poco a poco el cuerpo se iba consumiendo por las
llamas, mientras alimentaba el fuego con más leña. Tardó más de dos horas en carbonizarse
por completo. Tan sólo quedaban huesos que al golpearlos con la barra de hierro
que usó para azuzar el fuego se pulverizaban reducidos a cenizas.
Con una pala trasladó las cenizas a la huerta y las
dispersó entre los montones existentes. Desmontó la estructura de planchas de
acero, que se habían deformado por el calor, y cuando estuvo seguro de que no
había dejado ningún cabo suelto, cerró la puerta del garaje de aquella vivienda
abandonada donde había cometido su crimen y se dispuso a marcharse.
Se metió en su coche y se alejó del lugar. Ya nunca
volvería a aquel pueblo, a aquella casa deshabitada. Pronto empezarían a buscar
al niño y si volvía alguien se acordaría de él, le reconocería, y no podía
correr ese riesgo.
Condujo hasta su casa. Desde aquel pueblo del norte de
España le costó casi cuatro horas llegar a Madrid. Aparcó en el garaje y subió
a su piso. Se quitó toda la ropa y se duchó. Recordando lo que había pasado se
masturbó bajo el agua de la ducha.
Antonio era un hombre solitario. No tenía amigos, no
tenía familia. Su trabajo como agente comercial era muy especial. Vendía
detergentes industriales a diversas empresas. No necesitaba que le llamaran, no
dejaba tarjetas de visita. Calculaba cuándo tenía que volver, cuándo estarían a
punto de acabarse las partidas vendidas y entonces se presentaba, como por
sorpresa.
Nadie le esperaba, nadie se acordaba de él, pero cuando
aparecía sabían quien era y le compraban la partida correspondiente, que
llevaba preparada en su coche. Cobraba y se marchaba.
Y en sus viajes de trabajo era cuando daba rienda suelta
a su secreto. En bosques solitarios o en los camarotes de bloques de viviendas.
Abordaba a los niños a la salida del colegio o cuando salían de sus casas para
ir a jugar a los jardines interiores de las comunidades de vecinos.
Al principio sólo los miraba. Les compraba golosinas y se
sentaba con ellos a ver como se las comían.
Poco a poco comenzó a tocarlos. Les acariciaba el pelo,
la cara, el cuerpo. Un día, a un niño le empezó a tocar el pene. Se reía
diciéndole que le hacía cosquillas, pero la risa se transformó en un grito de
dolor cuando le introdujo un dedo en el ano.
Aquella vez se asustó y huyó corriendo, dejando al niño
sólo en un bosque. No podría arriesgarse a volver a aquel pueblo asturiano so
pena de que le reconocieran.
Fue entonces cuando decidió llegar más allá, hasta el
final. Se convenció de que sólo sería aquella vez, pero por lo menos una vez en
la vida tenía que culminar su deseo. Y para ello eligió aquella pequeña
localidad navarra.
Capítulo 2 Los
preparativos
Hacía casi dos años que había
visitado por última vez la fábrica de fertilizantes. En aquella ocasión no le
compraron su detergente, y tuvo que volver con él en el maletero de su coche.
Había perdido un cliente importante.
Aparcó su vehículo en un alto cercano, saliéndose de la
carretera en un frondoso hayedo. Necesitaba pasear y cogió su cesta y salió a
buscar setas.
Había sido un octubre muy cálido después de un septiembre
lluvioso y rápidamente llenó su cesta de hongos. Más de tres kilos de boletus,
el hongo negro, un manjar que le encantaba.
Y cuando intentaba orientarse para volver al coche dio
con una casa cerrada. Estaba rodeada por una alta valla y en la entrada
languidecía un cartel de “Se vende”.
Se asomó a la vivienda. El jardín estaba en buen estado,
pero se notaba que no había sido cortado el césped desde la primavera. Si
aquella casa no se vendía pronto, se echaría a perder.
Al año siguiente, por las mismas fechas, volvió al mismo
bosque a por hongos, pero la cosecha no fue tan buena como el año anterior. Se
acercó a la vivienda, que seguía en venta. La sensación de abandono era mayor
que el año anterior, pero no daba la impresión de que nadie se hubiera colado
dentro.
Se subió a un tejadillo y rompió una ventana, entrando en
la casa. Por la luz que se colaba por el agujero que había hecho para entrar
vio que la vivienda estaba amueblada y que gruesas mantas cubrían los muebles
protegiéndolos.
Y cuando se decidió a dar el paso, se acordó de aquella
casa. Estaba escondida en el bosque y nadie le molestaría allí. Había un pueblo
grande a unos 15
kilómetros , un pueblo en el que los niños acudían a
jugar en verano a un gran parque, donde los padres les dejaban despreocupados,
y donde sería muy sencillo engatusar a uno de los pequeños.
Se lo llevaría a esa casa y para cuando le echaran en
falta él ya estaría lejos, camino de Madrid. Y nadie encontraría el cadáver, ni
podrían relacionarle con el crimen.
A media tarde se presentó en el parque y se sentó en una
zona apartada. Los niños jugaban a los encierros, dando vueltas corriendo a un
jardín que rodeaba a un caserío, corriendo delante de otros que llevaban
bicicletas que hacían de toros.
Antonio los observaba discretamente desde un lugar
apartado en aquella cálida tarde de principio de septiembre. En pocos días comenzarían
las clases y prácticamente todos los niños del pueblo habían vuelto de sus
vacaciones.
Uno de los niños, de unos seis años, se detuvo a coger
aire, quedándose retrasado. Antonio tendría unos minutos antes de que el resto
dieran la vuelta al edificio y volvieran hasta donde se encontraba.
Se acercó y le ofreció agua. Con voz firme le dijo que
bebiera, mientras le entregaba un botellín. El niño de acercó y bebió, y
aprovechó para invitarle a unos pasteles. Le dijo que se acercara a su coche
con él, que le daría algo de comer, que le veía cansado.
Cogiéndole de la mano, mientras le hablaba, se lo llevó
al coche. Lo metió en la parte de atrás y le dijo que se tumbara en el suelo,
que le iban a gastar una broma a sus amigos, que les serviría de escarmiento
por haberle dejado solo.
Y se lo llevó a allí. Condujo hasta la casa abandonada
rápidamente y cuando llegó hizo bajarse al niño y de la mano se lo llevó al
garaje, donde tenía ya todo preparado.
Había roto la puerta trasera de acceso y había dispuesto
un colchón en el suelo donde llevar a cabo la violación. El niño era muy guapo,
pero estaba muy asustado. Empezó a pedirle que le llevara con su padre, que
quería ver a su papá.
Antonio lo desnudó y comenzó a acariciarlo. Le tocaba el
pelo, la espalda, la cara. El niño se encogía, tenía miedo, no sabía qué estaba
pasando, qué era lo que quería aquel hombre. Pero Antonio estaba decidido a
llevar a cabo por fin su fantasía, a hacer realidad sus deseos reprimidos.
Tenía la esperanza de que a aquel niño le gustara lo que
le iba a hacer, y que todo acabara bien, pero lo más seguro era que tuviera que
matarlo, y estaba preparado para ello.
Cogió el pene del niño con dos dedos y se lo empezó a
agitar. Esperaba que se endureciera, pero aquel pequeño miembro no se excitaba,
mientras el niño empezó a llorar, cada vez más asustado.
Antonio estaba muy excitado. Hacía muchísimo tiempo que
no mantenía relaciones sexuales con otra persona. Había descubierto muy pronto
su homosexualidad, y la aceptó con normalidad.
En el instituto había mantenido relaciones con otros
chicos, pero cuando creció se dio cuenta que no le gustaban los hombres de su
edad. Los veía sucios. Los cuerpos velludos y grasientos le daban asco.
Comprendió que lo que realmente le gustaban no eran los hombres, sino los
cuerpos jóvenes, cada vez más jóvenes, niños.
Y aquel niño lloraba de miedo. Sentía el poder absoluto
que tenía sobre el pequeño. Aquel dominio le excitaba. Lo había sentido otras
veces, un calentón que mezclaba deseo sexual y miedo por el riesgo que corría.
Pero era precisamente ese terror a que le descubrieran el que le había impedido
hasta entonces satisfacer sus apetitos sexuales.
Pero aquella vez nadie le podría descubrir. Con unas
gotas de aceite lubricó el pequeño ano del niño y lo penetró. El dolor que
sintió el crío le hizo gritar mientras Antonio le penetraba cada vez más
profundamente.
Y para acabar con aquellos gritos, apretó su frágil
cuello hasta que lo mató.
Capítulo 3 Un
descuido
Durante días se dedicó a ver las
noticias en televisión y leer por internet los principales periódicos de
Navarra. Pero aparecía poca información sobre el niño desaparecido.
A nivel nacional no escuchó nada en los telediarios, y a
nivel local se hablaba de la búsqueda infructuosa de un niño desaparecido en un
pueblo del Pirineo. Hubo una reseña que le sorprendió. Al parecer el padre del
niño estaba en la cárcel por tráfico de drogas y la policía investigaba un
posible secuestro por ajuste de cuentas.
Había tenido una suerte enorme, ya que si las investigaciones
se orientaban en ese sentido, era prácticamente seguro que descartarían el
crimen pedófilo y nadie podría sospechar de él. Se empezaba a sentir seguro.
Desde que lo hizo lo rememoraba en sus fantasías todos
los días, varias veces. Aquello había sido la culminación de su deseo, y no
creía que podría superarlo. Le gustaba recrearlo una y otra vez, ya que había
sido especial.
Le costaría volverlo a repetir. Había tenido mucha suerte
en aquella ocasión y sería muy difícil que las circunstancias le proporcionaran
otra oportunidad como la que había tenido.
Pensó que de entonces en adelante ya no necesitaba volver
a estar con un niño, ya que no podría volver a sentir lo mismo que en aquella
casa, cuando violaba al pequeño.
Pero también era consciente de que el deseo de repetirlo,
la necesidad de volver a experimentarlo, tarde o temprano, reaparecería. Pero
hasta entonces se conformaría con evocarlo en su imaginación.
Se tomó unos días de descanso, que dedicó a pasear por El
Retiro, disfrutando del otoño, viendo a los niños jugar. Madrid, la gran ciudad,
era más desconfiada. Las madres no se alejaban de sus hijos, estaban siempre
vigilantes. Y existía mucha competencia entre hombres con sus mismos gustos.
Se solía sentar en un banco a observar a los chavales,
mientras trataba de descubrir quienes eran sus madres. Una tras otra se
delataban, siempre estaban cerca y cada cierto tiempo se hacían notar. De vez
en cuando descubría a otro hombre solitario que se dedicaba a observar a los
chiquillos. Cuando se encontraba con uno de ellos, huía y abandonaba el lugar.
Lo último que deseaba era que hubiera un incidente y encontraran a dos
pederastas juntos.
Pero Antonio estaba satisfecho, no necesitaba estar con
ningún niño, al menos no aún.
Un día, mientras cocinaba, llamaron al portero
automático. Era extraño, ya que no tenía amigos ni familia. Cuando volvieron a
llamar, se acercó al telefonillo. Era el cartero, traía un certificado.
Le abrió y esperó a que subiera a su casa. El funcionario
de Correos le entregó la carta certificada. Era de Tráfico. En cuanto se fue la
abrió y comprobó que era una multa por exceso de velocidad. Había sido en
Navarra, en los túneles de Belate. Había pasado a 100 en un 70 y un radar fijo
le había cazado.
No se explicaba cómo pudo haber cometido aquel error. Con
la multa venía la sanción, el descuento por pronto pago, y el número de puntos
del carnet que se le retirarían por la infracción.
Decidió pagarla. No merecía la pena protestarla, ya que
la infracción era clara. Estaba muy nervioso. Nadie sabía que había estado
allí. Había sido muy cuidadoso, echando gasolina a la altura de Zaragoza, y
volviendo a echar a la vuelta, pero ya en Guadalajara, y pagando con billetes,
para no dejar huella.
Pero aquella multa le ponía exactamente a escasos 15 kilómetros del
lugar donde había cometido su crimen. Esperaba que nadie le relacionara con el
asesinato, que nadie investigara y que pudiera de una manera u otra,
relacionarle con la desaparición.
Hasta entonces había disfrutado de su triunfo, pero
aquella multa le amargó, ya que le devolvió a la realidad del asesinato
terrible que había llevado a cabo. Se imaginaba lo que le pasaría si le atrapaban.
Era muy difícil, pero no imposible. En la cárcel no serían amables con él.
Aún así, se tranquilizó pensando que nadie podría
encontrar jamás los restos del niño, ya que los había carbonizado y reducido
completamente a cenizas. Mientras estuviera callado, mientras no hablara, nadie
podría saber qué paso. Al fin y al cabo, él era el único testigo de su crimen.
Permaneció varios días encerrado en su casa, sin salir. Pero
se dio cuenta que en casa era igual de vulnerable que fuera de ella. Cogió su
móvil y lo borró entero. Tenía fotos de niños que había sacado en El Retiro, y
llevarlas en el móvil, aunque fueran fotos inocentes, era un riesgo
innecesario.
Borró de su ordenador las páginas que tenía localizadas
que mostraban fotos de menores, de páginas de moda principalmente, y decidió
que durante un tiempo no volvería siquiera a merodear los parques de la ciudad,
ni a arriesgarse a secuestrar a ningún niño, ni siquiera para acariciarlo.
Pero lo que no se esperaba es lo que le pasó unos días
después. Paseando por la calle un crío se le quedó mirando, y señalándole,
gritó.
-
Papá, mira, este es el hombre que me
hizo cosquillas en el pito en la casita del tejado.
Inicialmente se quedó quieto, helado. No recordaba al
niño, pero éste le señalaba con el dedo, mirándole fijamente. Intentó huir,
pero el padre del pequeño le agarró del brazo. Se zafó, pero no pudo avanzar.
Un joven que había presenciado la situación le atrapó, tumbándole en el suelo y
le retuvo mientras el padre llamaba a la policía.
En unos minutos llegó un coche de la policía municipal.
Un agente le esposó y le metieron en el coche patrulla mientras la gente se agolpaba
alrededor y le empezaba a insultar a la vez que se corría la voz de que estaban
deteniendo a un pederasta.
Fue conducido a comisaría, y llevado al calabozo, donde
le dejaron a la espera de ser interrogado. Antonio tenía miedo, podían
relacionarle con el crimen de Navarra. El maldito crío le había reconocido, un
chaval del que no se acordaba.
Temía que pudiera ser condenado por su crimen. Sabía que
si entraba en la cárcel, lo pasaría muy mal. La gente con su problema no era
bien vista en penitenciaría, y enseguida el resto de presos se cebaba con ella.
Y como siempre, hasta aquí puedo leer... ¿te ha gustado? Puedes seguir leyendo aquí
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